Por casi cuatro décadas he tenido el privilegio de servir al Señor como pastor y, desde hace más de dos, como obispo de las iglesias del Nuevo Testamento en República Dominicana.
En ese caminar he aprendido que la vida del creyente se parece mucho al proceso del barro en las manos del alfarero: somos tomados, quebrantados, moldeados, y finalmente transformados en algo útil para su gloria.
He visto la fidelidad de Dios en cada estación. En los días luminosos del llamado y en las noches silenciosas de las pruebas.
He entendido que no hay dolor sin propósito, ni proceso sin enseñanza. Cada paso, cada lágrima, cada pausa, ha sido una herramienta en manos del maestro.
Mi familia ha sido un regalo constante en este trayecto. De nuestro hogar nacieron cuatro hijos y al momento una nieta hermosa, testimonio vivo de la bondad del Alfarero y de Su gracia extendida de generación en generación.









